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lunes, 4 de febrero de 2013

AUTOCRÍTICA


Creo que todo iría mejor si todos hiciéramos autocrítica con el mismo entusiasmo con que hacemos crítica a secas. La enseñanza va mal (no peor que "antes", pero sí mal) por culpa de políticos, alumnos, padres, medios de comunicación, inercias sociales.... Y también por culpa de los profesores. La mayoría de nosotros, por no decir todos, podríamos ser mejores maestros. Algunos, muchísimo mejores. 
En España, desde 1990 hasta casi el inicio de la crisis, la demanda de profesores ha crecido de forma desorbitada debido sobre todo a la universalización de la enseñanza obligatoria empeñada justamente en llegar a los últimos rincones del tejido social. En Secundaria, de una forma espectacular que ha acabado por situar frente a adolescentes cada vez más distintos, diversos entre sí y difíciles en general a profesores armados de poco más que un título de licenciado (o un título superior de conservatorio) y algún cursillo de pedagogía. A menudo, sin una vocación previa ni otra herramienta pedagógica que los recuerdos (mitificados, mistificados) de sus épocas de estudiantes. La formación continuada queda al arbitrio de cada uno y, desgraciadamente, se ha ideologizado como casi todo por aquí. Si eres de los que piden que el alumno sepa cosas de la vida y obra de Beethoven eres un profesor distinto de aquel que pide a los chavales (complicándoles y complicándose más la vida, todo hay que decirlo) que imagine los lugares de su ciudad donde podría escucharse a Beethoven, que tararee o toque en un instrumento sus melodías, que cante (o canturree) en clase. Si llevas periódicos al aula  de literatura o te empeñas en que los alumnos elaboren uno estás en un bando distinto al del profesor que prefiere demorarse hablando (él) de Lope de Vega... Pero no son posturas contrapuestas, ni más "modernas" unas que otras. Han existido siempre y su combinación sin miedo, con arte y de forma juiciosa y optimista constituye el cuerpo de la tarea de enseñar.
Pero muchos de nosotros imitamos a los malos políticos, padres, alumnos... y tiramos por la vía fácil de justificarnos; sobre todo ahora, que es tan fácil encontrar coartadas.

martes, 2 de octubre de 2012

MENOS MÚSICA AÚN



Quienes amamos la música somos claramente mayoría. La música es el arte masivo de nuestro tiempo y pocos renuncian a su reconfortante compañía. Un  ilustre ejemplo (y lo cito ya porque a él se refiere parte de este escrito) sería el actual ministro de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert, que recientemente (una entrevista de mayo en la revista Rolling Stone)  hablaba con pasión de su gusto por los mejores pop y rock en lengua inglesa.
            Los que, además de amar la música, pensamos que su estudio y práctica en escuelas e institutos debiera ser una realidad en las sociedades modernas, posiblemente seamos un grupo algo menos numeroso que el aludido en primer lugar. Y no se sabe muy bien si en él están los responsables educativos de los gobiernos anterior y presente, ya que el anterior redujo la presencia de esta asignatura en la ESO y el actual pretende eliminarla del Bachillerato. Es curioso que el arte de los sonidos apenas encuentre en la escuela un pálido reflejo de la importancia social e individual que tiene fuera.
            Si, continuando la progresión de nuestro razonamiento, nos referimos ahora a las personas que pensamos, además de lo anterior, que el hecho musical debiera ser objeto de estudio y análisis a través de asignaturas análogas a otras como Literatura Universal o Historia del Arte, mantenidas por Wert en su proyecto de reforma, ya vamos quedando menos. Hijos poco rebeldes del sistema educativo que vivieron, muchos políticos e intelectuales siguen pensando que merece más la pena que los bachilleres se acerquen en clase a las Señoritas de Avignon de Picasso o al Romancero gitano de Lorca que al Sombrero de tres picos de Falla. Hablar de música para muchos de ellos es limitarse a algún género menor o confesar sin pudor y entre risas que ellos son totales analfabetos musicales y/o que carecen de oído musical. O sea, visto desde el otro lado, sería como si afirmaran que les interesa mucho la música de Victoria, Mozart, Bach y Beethoven, pero en filosofía prefieren libros de autoayuda y las únicas obras literarias que conocen bien son los monólogos del Club de la Comedia. ¿Velázquez? ¿Es un pintor verdad? Es que en pintura soy un total analfabeto: soy malísimo recordando caras.
          Imagino que esta realidad de buena parte de la intelectualidad española estará en la base de que la proyectada reforma elimine la rama escénica y musical del Bachillerato de Artes, con el añadido de impedir que la asignatura Historia de la Música y de la Danza (una de sus materias de modalidad) pueda ofrecerse como optativa en el Bachillerato de Humanidades y Ciencias Sociales, tal y como ahora se hace al menos en Andalucía.
            Pienso que, aunque nuestra especialidad no sea la educación de adultos, los profesores de música de todos los niveles de enseñanza debiéramos hacer un esfuerzo pedagógico por explicar a los responsables de las administraciones educativas (e incluso a los profesores de otras materias) que la música no sólo forma parte de la cultura, sino que además tiene un fuerte carácter de crisol que engloba y ayuda a entender muchas otras disciplinas, así como a entenderse desde ellas: la lengua, la física, la literatura, la historia social, la filosofía, las artes plásticas, los idiomas... Privar al grueso de la sociedad de un acercamiento académico al hecho musical, pensando que eso es cosa de especialistas, es un disparate, no sólo por excluir la reflexión sobre algo que forma parte de la vida de todos, sino también por desaprovechar la oportunidad de mejorar la competencia en eso que el ministro llama "instrumentales" (no, no se refiere a las músicas sin voces: se refiere a la Lengua y las Matemáticas) a través de la música. Hablar de música para hablar mejor; desentrañarla para pensar con mayor profundidad.

Antonio Torralba


jueves, 15 de septiembre de 2011

viernes, 28 de enero de 2011

APRENDER Y ENSEÑAR

Aunque también va a publicarse (creo) ahora en la revista de Vejer de que os hablaba el otro día, escribí esta nota el año pasado.

APRENDER Y ENSEÑAR

Desde antiguo se sabe que aprender y enseñar son como dos caras de la misma moneda. Cicerón escribió "Si quieres aprender, enseña"; y perfectamente podría haberlo formulado (otros lo hicieron) al revés: "Si quieres enseñar, aprende".
   Las aptitudes (y actitudes) para una actividad llevan aparejadas las necesarias para la otra. Y son consustanciales a la esencia del ser humano, que al parecer necesita compartir para ser feliz o para simplemente ser.
  ¿Por qué, entonces, la enseñanza pasa por momentos tan extrañamente difíciles? Imagino que hay muchas causas, pero me gustaría apuntar dos que me parecen explicativas.
   Las últimas reformas que se han hecho en España han estado lideradas por persones del mundo de la FP, que han intentado aplicar criterios de evaluación y fomento de la calidad provenientes del mundo de la empresa. Parecía partirse de la idea de que la capacitación profesional debía ser la meta desde edades tempranas. Algunas asignaturas resultaban incómodas (¿Latín?, ¿Griego?, ¿Historia de la música?), otras debían ser reformuladas hacia su aplicación más práctica (Filosofía y Ciudadanía). Se llenaron los horarios de Tecnología. En muchos centros, como no había dotación suficiente de talleres, esta asignatura práctica se volvía teórica por razones prácticas. En los casos más afortunados, suplía la falta de teatro: “a ver, imagina que tienes el berbiquí en la mano, ¿qué haces ahora?”. Mimo. Y desconcierto.
   Los institutos se llenaban de problemas porque a los profesores les cambiaron radicalmente la clientela. Era como si todos se hubieran equivocado de colegio muy temprano por la mañana. Los alumnos que venían dejaron de venir: se fueron yendo a la concertada. Y peor: Los que no venían empezaron a venir. Eran dos grupos de mucha enjundia: los del primer grado de la antigua FP y los de los dos últimos cursos (séptimo y octavo) de la EGB. Estos muchachos eran muy diversos (una palabra que…), pero tenían (tienen) en común algo que les daba (da) una fuerza enorme: no querían. No quieren. Y nadie les da motivos para querer. La motivación, sí, la otra palabra.
   En este contexto, los disparates que hemos ido viendo en los últimos años, cobraban la comicidad (vistos desde fuera), la tragedia (vistos desde dentro), el absurdo (vistos desde cualquier lado) de una obra de Ionesco. Son tantos. El más desagradable tiene que ver con la burocracia: los profesores van por los pasillos escondiéndose unos de otros temiendo que sus compañeros les pidan alguno de los innumerables papeles en cuya escritura e intercambio parece consistir ahora la actividad docente.
   Como esta revista es de alumnos y de profesores, pensando en los primeros (si alguno ha llegado hasta aquí), aclararé que los tres párrafos anteriores son sólo una explicación de por qué a veces estamos todos tan nerviosos. Tan asustados. Podríamos intentar olvidarnos de todo eso durante cada clase. Porque, a diferencia de los profesores, los alumnos sólo hacen los cursos (más o menos) una vez… Y merece la pena aprovechar esos momentos tan bonitos de aprender y de enseñar.