viernes, 2 de octubre de 2009

La música y la universidad

[30 de septiembre de 2009. Concierto Inauguración Curso Universitario. E. Satie/C. Debussy, Gymnopédies. M. Ravel, Concierto para piano y orquesta en sol mayor. P. I. Chaikovski, Sinfonía n. 4 en fa menor op. 36. Alberto Nosè, piano. Orquesta de Córdoba. Irina R. Trujillo, dirección. Gran Teatro de Córdoba. 21:00 horas. Lleno.]

El que la presencia de la música en la Universidad de Córdoba sea poco menos que anecdótica no impide (antes, quizás, explica) que la institución organice cada año un concierto orquestal como quien coloca un bonito mueble de anticuario a la entrada del curso académico.

Fue precisamente el creador del concepto "música de mobiliario", Erik Satie (1866-1925), el primero de los autores programados. La velada se abrió con las dos gymnopédies (de las tres originales para piano) que orquestara Claude Debussy (1862-1918) en 1896 para ayudar a popularizar la obra de su amigo.

También el plato fuerte de esta primera parte impresionista salió de la pluma de un prestigioso amigo del singular Satie: Maurice Ravel (1875-1937). Su impactante y difícil Concierto para piano y orquesta en sol mayor, compuesto entre 1929 y 1931, a la vez que el célebre para la mano izquierda, sonó muy bien en las dos del joven pianista Alberto Nosè, magníficamente acompañado por la Orquesta de Córdoba que dirigía Irina R. Trujillo en el milésimo concierto (¡Felicidades!) de la formación. El solista italiano agradeció los aplausos con una sentida interpretación de Ständchen de Schubert.

La segunda parte fue dedicada a la Sinfonía Cuarta de Chaikovsky (1840-1893). Irina Rodríguez, que ya nos ofreció una brillante lectura de la Primera en el concierto análogo del curso pasado, supo imprimir coherencia y personalidad a cada uno de los cuatro movimientos de esta obra maestra y encantadora, sobre cuyo emocionante "programa" el autor dejó escritas interesantes observaciones. Ellas, y otras sobre las demás obras, deberían haber sido plasmadas en un programa de mano que, sin embargo, ni siquiera incluyó la enumeración de los movimientos de las piezas. Ambos “detalles” habrían redundado en el disfrute y la formación de un público que, a juzgar por las melodías programadas en los teléfonos móviles que sonaron varias veces, no parecía a priori aficionado al repertorio sinfónico.

Antonio Torralba

[Publicado hoy en EL DÍA DE CÓRDOBA]