miércoles, 22 de julio de 2009
Dani desde Calcuta III
Joder, me hacéis contar sólo lo chungo de Calcuta. No todo es así: el metro no parece de esta ciudad. Vale lo mismo que el autobús (4 rupias) y está bastante limpio (casi como el cercanias mas chungo de allí, que ya es estar limpio) y se viaja bien, porque los taxis... (eso otra movida: otra crónica). Joder, tengo que hacer crónicas de tantas cosas... Hoy hemos comido en el "vasco" (se llama así porque parece ser que hay o hubo un cocinero vasco) y he comido tortilla de patatas (como allí!!!!!!!!!!!!) y una tostada con tomate y una pechá de ajo (o sea, que picaba), pero bien. Luego, antes de conectarme ahora, he comprado algo de ropa, que aquí está baratísima (camisas chulas por 150 rupias, al cambio unos dos euros y medio).
Bueno os dejo
Namaskar!! (hasta luego!!)
Pd: ahora mismo hay un musulmán por la calle con un megáfono y cantando. Mola pasar por las mezquitas y ver a los árabes rezando...
martes, 21 de julio de 2009
Dani desde Calcuta II
lunes, 20 de julio de 2009
domingo, 19 de julio de 2009
Dani desde Calcuta I
Fuera de coñas, aquí hay mogollón de miseria; pero bueno, era lo que me esperaba.
Otra cosa que me ha llamado la atención: allí en Córdoba es común ver los gorriones picotear y eso, ¿no? Pues aquí en vez de gorriones hay cuervos, no es coña. Los cuervos merodean como Pedro por su casa; además, apenas le tienen miedo al hombre (como los gorriones allí). Por las calles siempre está presente (aparte de los pitos de los coches) ese graznido tan desagradable de los cuervos.
Ah, y otra cosa surrealista es el tráfico. Aquí todo el mundo va pitando. Si conduces y no tienes pito no eres nadie. Los semaforos son optativos (así como los carriles); el primer dia el taxi fue una odisea...
Bueno, seguiré dando noticias. Si queréis preguntar algo en concreto...
miércoles, 15 de julio de 2009
La cítola del Castillo de Warwick

Me manda José Ignacio esta curiosa foto que me trae especiales recuerdos. Recuerdos de cuando hace unos años estuve viendo varios días seguidos el instrumento mostrado en el Museo Británico. Y recuerdos de las reflexiones que su existencia provocó en el seno de CINCO SIGLOS.
El instrumento sobre el que trabaja el señor de la foto es una cítola inglesa del siglo XIV (hacia 1340) que ha podido conservarse gracias a su conversión en viola en el siglo XVI. Ciertos desgastes y marcas muestran que fue bastante tocado en su etapa antigua y varios detalles de su construcción (ligereza, ausencia de decoración en ciertos puntos...) muestran una voluntad de búsqueda sonora.
Pero la riqueza de su ornamentación nos sobrecoge.
Las fotos no llegan a mostrar en detalle las escenas talladas en el boj de la caja: un hombre varea una encina para que caigan las bellotas que alimentan a los cerdos de la piara que cuida. Si te fijas bien, puedes casi verlo en la segunda de las fotos, Ese ejemplo me impresionó. Hay muchos más.
Las pocas veces en que nos topamos con instrumentos reales (casi siempre fragmentos) nos sorprende esa riqueza.
Entonces, ¿por qué se usan hoy instrumentos más baratos para la música medieval que para la renacentista o la barroca?
domingo, 12 de julio de 2009
La música y el canto (Lucrecio)
Así cada cosa poco a poco el tiempo va poniendo al alcance y el cálculo la saca a las riberas de la luz. Estas cosas ablandaban sus corazores y les agradaban junto con el buen comer: que es entonces cuando todo al corazón llega; a menudo por eso tumbados en compañía sobre la blanda grama, junto a las aguas de un arroyo, bajo las ramas de un árbol crecido, sin muchos gastos daban regalo a sus cuerpos, sobre todo si sonreía el buen tiempo y la estación del año pintaba de flores el verde prado; solían venir entonces las bromas, la charla entonces, entonces las gozosas carcajadas: pues entonces la musa campesina florecía; entonces una alegría retozona aconsejaba coronar cabeza y hombros de guirnaldas trenzadas con flores y hojas, y sin compás salir a mover el cuerpo sin maña y con desmayado pie zapatear sobre la tierra madre; ello levantaba risas y gozosas carcajadas, pues todas estas cosas entonces por nuevas y raras tenían más realce. Y si luego se quedaban en vela, aliviaba su sueño hacer mil variaciones con la voz y modular tonadas, y sobre carrizos deslizar arqueado labio: por eso todavía hoy los centinelas cumplen tales tradiciones. Y los de aquella raza aprendieron a mantener el compás, y no creas que luego el monto de gusto que de ello se saca sea ni una migaja mayor que el que sacaba en los bosques la raza de los terrígenas.
Lucrecio, La naturaleza. Lib V, 1388 y ss. Trad. Francisco Socas
jueves, 9 de julio de 2009
La guitarra que trasciende
Comenzar un recital de guitarra con seis obras originalmente escritas para violonchelo y bajo continuo (la sonata de Vivaldi), órgano (la pastoral de Bach), orquesta de cuerda (el aria), o clavecín (las tres piezas de Couperin) y abordar dichas transcripciones partiendo directamente de las fuentes e intentando una fidelidad máxima a la música, dice mucho de la personalidad musical de David Russell (1953).
Ya desde la sonata de Vivaldi (la única pieza del recital que, si bien magníficamente tocada, no llegó al “cum laude” que merecieron todas y cada una de las demás) se mostraba esa característica de las transcripciones del escocés: nada de simplificaciones “idiomáticas”, nada de caminos fáciles: que toda la música entre en las seis cuerdas de la guitarra. Por eso, sus versiones de las encantadoras piezas de Couperin (uno de los momentos cumbre de la noche) no parten de las varias transcripciones antiguas y modernas para cuerda pulsada, sino de los originales para clave; y están realizadas desde esa filosofía apuntada más arriba: primero la música y después la música. Y David Russell no suele transcribir obras fáciles. Si repasamos su discografía, encontramos desde versiones de piezas para flauta sola (la célebre Partita de Bach) hasta orquestales, como el Aria de la Suite n. 3, obra inmortal de Bach que arrancó el martes uno de los aplausos más largos de la noche. Imagino que esta originalidad en el repertorio fue sentida como una agradable bocanada de aire fresco por los muchos músicos de guitarra que formaban el auditorio. Y aseguro que fue un regalo para el público no guitarrista. Pero había más; al menos, dos regalos más.
La guitarra es un instrumento con una personalidad enorme y su técnica parece generar toda una serie de clichés estilísticos que han ido retroalimentándose y dando lugar a una forma de tocar e incluso de escribir para ella. No es éste el sitio de discutir esos clichés, ese conjunto de “cualidades” y “defectos” muy marcados que solemos llamar “personalidad”. Lo que quiero destacar es que la técnica que exhibe Russell y el estilo que se asienta en ella parecen trascender el mundo de la guitarra, parecen provenir incluso de otros referentes: sus trémolos son y no son los trémolos habituales, su forma de insertar los armónicos con asombrosa naturalidad (sin ese “atención, que llegan los armónicos”), su fraseo al margen del mástil, sus trinos… son únicos. También los colores sutiles de los timbres, si bien éstos se vieron algo perjudicados por la desacertada idea de amplificar el instrumento. Con esta técnica generadora de estilo, también los autores más habituales en los conciertos de guitarra (Tárrega, Aguado…) sonaron de una manera absolutamente nueva.
Junto a las sorpresas del repertorio y el estilo interpretativo, brilló, como tercera cualidad del recital, el eficaz sentido del espectáculo que tiene Russell. También este aspecto nos ayudó a casi olvidar las incómodas sillas de la Sala Orive (otra cosa que habría que mejorar) y a sentir que vivíamos una velada inolvidable. El dominio de la escena se manifestó no sólo en la elección de las tres acertadas propinas, sino también en los bien dosificados comentarios, que incluyeron la lectura del poema de Lorca que sirve de inspiración a la obra más moderna del recital: El llanto de los sueños de Steve Goss (1964). “Negro/ aljibe de madera” escribe el poeta en ese poema lleno de llantos, suspiros y sollozos. Alto al tópico. El aljibe, ahora lo sé, puede también llenarse de luces y colores.
Antonio Torralba
[Publicado hoy en El Día de Córdoba]
miércoles, 8 de julio de 2009
Los Romero, familia de guitarristas
La sección clásica del Festival de la Guitarra de Córdoba regresó de nuevo el lunes a la Sala Orive para ofrecernos su quinta entrega. El cuarteto de guitarras formado por los hermanos Pepe y Celín Romero y por los primos Celino (hijo de Celín) y Lito (hijo de Ángel Romero, antiguo miembro de la formación) ofreció un variado y ameno recital muy aplaudido por los amantes de la guitarra que llenaban la sala. El programa consistió en cuatro obras para cuarteto (tres arregladas y una original), otras cuatro a solo (una por cada miembro de la formación) y un dúo.
Los arreglos para cuarteto fueron sobre obras de Tomás Bretón (éste realizado por el compositor cordobés Lorenzo Palomo), Pachelbel (sus célebres Canon y Giga sonaron en lugar de la obra de Francisco de Madina inicialmente programada) y Boccherini (el fandango del Quinteto n. 4). La obra original, la mejor interpretada a mi juicio de las de cuarteto, fue De Cádiz a la Habana de Pepe Romero, amenísima pieza llena de sugestivas referencias a los ritmos populares de los lugares a que alude el título.
El recital subió un escalón más en su calidad interpretativa con el dúo de Joaquín Rodrigo Tonadilla que tocaron magistralmente Pepe y Celino Romero. Tío y sobrino estuvieron a la altura de esta obra que también aportó en sus armonías la mayor modernidad de lenguaje de la noche.
Pero serían las obras a solo las que marcarían el culmen de la exhibición de buen hacer y calidad artística que ofreció esta familia de raíces malagueñas. Los cuatro guitarristas realizaron lecturas impecables e inspiradísimas de las obras de Tárrega (Recuerdos de la Alhambra y un arreglo de la habanera La Paloma de Iradier), Villa-Lobos (el hermoso Preludio n. 3) y Celedonio Romero (Fantasía Cubana), el padre y fundador de esta estirpe musical, de esta rama andaluza de la guitarra española que la Guerra Civil obligó a florecer y fructificar en California. Rasgos comunes de los cuatro intérpretes fueron el volumen (soberbios instrumentos acaso salidos del taller de Pepe Romero hijo), la limpieza, la versatilidad tímbrica, la musicalidad y la capacidad de matiz dinámico. A ellas, los dos mayores (Pepe y Celín) añadieron ese temple y esa seguridad en el fraseo que da la edad y la recurrencia: la familiaridad apasionada con el repertorio.
Como propina, Los Romero hicieron sonar otra pieza del padre y abuelo al que deben su destino artístico. Noche en Málaga, la primera obra que un recién enamorado Celedonio dedicara a su amada Angelita, llenó de emoción los últimos minutos de la velada. Tan viajera como su instrumento, la figura de aquel guitarrista de familia malagueña que nació en Cuba, estudió en España y vivió y murió (1996) en California, fue evocada con sencillas palabras por sus hijos y revivida durante los tres minutos que duró su inspirada obra. Nos hizo reflexionar sobre los límites de la geografía española.
Antonio Torralba
[Publicado hoy en El Día de Córdoba]
sábado, 4 de julio de 2009
Sonidos de las Américas
Magnífico concierto el que abrió el jueves la sección “Los clásicos” del Festival de la Guitarra de Córdoba. Lo fue no sólo por la absoluta genialidad interpretativa de su principal protagonista, el guitarrista cubano Manuel Barrueco, sino también por otros muchos atractivos del evento, tres de los cuales paso a comentar.
Siguiendo con el aspecto interpretativo, hay que destacar la maestría y versatilidad estilística del Cuarteto Latinoamericano. Cada uno de los miembros de esta veterana formación mejicana (los tres hermanos Bitrán y el violista Javier Montiel) aprovecharon individualmente las numerosas oportunidades que el repertorio les daba para exhibir sus extraordinarias dotes musicales, pero deleitaron sobre todo con lo que más seduce de los buenos cuartetos: la conjunción, la creación de un instrumento nuevo y más rico hecho de la suma de cuatro. A pesar del ruidito que hacía el aire acondicionado, la acústica de la Sala Orive (¡bienvenida a la vida musical cordobesa!) prestó su encanto a la sonoridad del quinteto, y fue sin duda otro aspecto que contribuyó a la magia de la velada. Es tan noble y ha sido restaurada con tanto acierto que habría que cuidar más la escenografía de cada evento (no quedaban bien, por ejemplo, los carteles del festival tras el escenario) para no restarle belleza.
El tercer aspecto que destacaré es quizás el principal: la música. Es difícil imaginar un programa más acertado: atractivo, con enjundia musical y lleno de obras de muy reciente composición. Empezando por estas últimas, me pareció especialmente brillante Boliviana del compositor uruguayo Miguel del Águila (1957), escrita expresamente para la formación y estrenada en abril de este mismo año. Sus tres tiempos (Volviendo a casa bajo la lluvia, Perdí mi camino en la oscuridad, Y el sol salió), aún siendo de muy moderno lenguaje, se escuchan con el mismo ingenuo placer con el que disfrutamos las descripciones de la naturaleza y sus efectos en las célebres Estaciones de Vivaldi. Y lo mismo, aunque en algo menor grado, podría decirse de las otras dos obras más actuales, firmadas por los estadounidenses Michael Daugherty (1954) y Gabriela Lena Frank (1972).
El resto del programa dio protagonismo a la música argentina: una obrita deliciosa de Carlos Guastavino (1912-2000) y tres (cuatro, contando el vibrante Libertango de la propina) de Astor Piazzolla (1921-1992). Guastavino escribió nueve retratos de personajes imaginarios que tituló Presencias. Siete son para piano, una para violín y piano y otra (la número 6, “Jeromita Linares”, con que empezó dulcemente la velada) para cuarteto de cuerda y guitarra. Piazzolla sonó en arreglos del bandoneísta César Olguín y del propio protagonista de la noche, Manuel Barrueco, que quiso mostrar su talento como suelen hacerlo los más grandes: mezclándolo sin alardes con el de sus amigos y poniéndolo al servicio del arte.
Antonio Torralba
[Publicado hoy en El Día de Córdoba]
viernes, 3 de julio de 2009
La pipa de Bach
Todo Pensamiento emite un Tirar de Dados
Toute Pensée emet un Coup de Dés
Klaus Mertens, barítono
Ton Koopman, clavecín
Sooft ich meine Tobackspfeife,
Mit gutem Knaster angefüllt,
Zur Lust und Zeitvertreib ergreife,
So gibt sie mir ein Trauerbild -
Und füget diese Lehre bei,
Dass ich derselben ähnlich sei.
Die Pfeife pflegt man nicht zu färben,
Sie bleibet weiß. Also der Schluss,
Dass ich auch dermaleinst im Sterben
Dem Leibe nach erblassen muss.
Im Grabe wird der Körper auch
So schwarz wie sie nach langem Brauch.
Ich kann bei so gestalten Sachen
Mir bei dem Toback jederzeit
Erbauliche Gedanken machen.
Drum schmauch ich voll Zufriedenheit
Zu Land, zu Wasser und zu Haus
Mein Pfeifchen stets in Andacht aus.
jueves, 2 de julio de 2009
miércoles, 1 de julio de 2009
Analgésico de Juan Sebastián Bach
Höchster, mache deine Güte
Ferner alle Morgen neu.
So soll vor die Vatertreu
Auch ein dankbares Gemüte
Durch ein frommes Leben weisen,
Dass wir deine Kinder heißen.
Omnipotente, derrama tus favores
sobre nosotros cada día.
Que tu paternal afecto
sirva de guía a nuestras almas
en el camino recto,
y merezcamos llamarnos hijos tuyos.
"Bárbara belleza" (Telemann)
(fragmento de una Autobiografía de Telemann, citado por Romain Rolland en Viaje musical al país del pasado, Ricordi americana, Buenos Aires, 1919. p. 97)
Cuarto movimiento (Presto) del Concierto para flauta dulce, flauta travesera, cuerda y continuo en mi menor TWV 52:e1 de Telemann
Jean-Marc Goujon, traverso
Luis Beduschi, flauta dulce
Ensemble Matheus,
dirigido por Jean-Christophe Spinosi


