domingo, 12 de julio de 2009

La música y el canto (Lucrecio)

De otro lado, el imitar con la bocina los claros sones de los pájaros fue mucho antes de que los hombres pudieran cantar a coro finas canciones y dar gusto a los oídos; también los silbidos del Céfiro a través de huecos de caña enseñaron primero a los campesinos a tañer huecos carrizos; luego, poco a poco, fueron aprendiendo los dulces lamentos que, pellizcada por dedos de músico, derrama la flauta, inventada por perdidos matorrales y bosques y sotos, en yermos y clara holganza de pastores.
Así cada cosa poco a poco el tiempo va poniendo al alcance y el cálculo la saca a las riberas de la luz. Estas cosas ablandaban sus corazores y les agradaban junto con el buen comer: que es entonces cuando todo al corazón llega; a menudo por eso tumbados en compañía sobre la blanda grama, junto a las aguas de un arroyo, bajo las ramas de un árbol crecido, sin muchos gastos daban regalo a sus cuerpos, sobre todo si sonreía el buen tiempo y la estación del año pintaba de flores el verde prado; solían venir entonces las bromas, la charla entonces, entonces las gozosas carcajadas: pues entonces la musa campesina florecía; entonces una alegría retozona aconsejaba coronar cabeza y hombros de guirnaldas trenzadas con flores y hojas, y sin compás salir a mover el cuerpo sin maña y con desmayado pie zapatear sobre la tierra madre; ello levantaba risas y gozosas carcajadas, pues todas estas cosas entonces por nuevas y raras tenían más realce. Y si luego se quedaban en vela, aliviaba su sueño hacer mil variaciones con la voz y modular tonadas, y sobre carrizos deslizar arqueado labio: por eso todavía hoy los centinelas cumplen tales tradiciones. Y los de aquella raza aprendieron a mantener el compás, y no creas que luego el monto de gusto que de ello se saca sea ni una migaja mayor que el que sacaba en los bosques la raza de los terrígenas.

Lucrecio, La naturaleza. Lib V, 1388 y ss. Trad. Francisco Socas