lunes, 23 de junio de 2008

El plauso de la media voz

Alto al romance otra vez,
Volvamos a las burlas,
Que después de la tiorba
También suena la bandurria


Sirvan las palabras de Antonio de Solís (1610-1686) como prólogo a esta nueva entrega de nuestra informal antología de literatura española con musiquilla dentro. Y no sólo porque se nombren los dos instrumentos de cuerda pulsada que, junto al protagonista de la cita, animaron nuestro siglo XVII: junto a la versátil guitarra, también la noble tiorba y la bandurria vil. No sólo por ello, decía, vienen a cuento los precitados versos, sino porque reflejan, como la música que duerme dentro del fragmento de Vicente Espinel (Vida del escudero Marcos de Obregón) que nos ocupa, la sugerente alternancia –y aun confusión- de elementos populares y cultos que traba la salsa de los Siglos de Oro.

La corriente más original de nuestras artes (la de las jarchas, el Arcipreste de Hita, las Cantigas, la picaresca, Encina, Quevedo, Cervantes, Cela, Larra, Velázquez, el género chico…), imitando la vida, nunca ha tenido interés en separar las burlas de las veras, lo serio de lo grotesco: sabiduría antigua del descreimiento, práctica general de la relatividad… Y, por ello, la música que (figuradamente) oirás más abajo y el tono prosopoético en que está descrita parecen poner una vela al dios de las formas clásicas y otra al diablo que anda cojeando por los callejones de las barberías y las tabernas, donde tañían, “empapados en pasacalles”, como diría Quevedo, los tatarabuelos de los músicos de España.

¡Me parece tan hermosa esa forma de saltar de la sarna perruna al alma!


Venía casi todas las noches a visitarme un mocito barbero, conocido mio, que tenía bonita voz y garganta: traía consigo una guitarra con que sentado al umbral de la puerta, cantaba algunas tonadillas, a que yo llevaba un mal contrabajo; pero bien concertada (que no hay dos voces que si entonan y cantan verdad, no parezcan bien), de manera, que con el concierto y la voz del mozo, que era razonable, juntábamos la vecindad a oír nuestra armonía. El mozuelo tañía siempre la guitarra, no tanto para mostrar que lo sabía, como por rascarse con el movimiento las muñecas de las manos, que tenía llenas de una sarna perruna. Mi ama se ponía siempre a escuchar la música en el corredorcillo, y el Doctor, como venía cansado de hacer sus visitas (aunque tenía pocas), no reparaba en la música, ni en el cuidado con que su mujer se ponía a oírla. Como el mozuelo era continuo todas las noches en venir a cantar, si alguna faltaba, mi ama lo echaba de menos, y preguntaba por él, con alguna demostración de gustar de su voz. Vino a parecerle tan bien el cantar, que cuando el mozuelo subía un punto de voz, ella bajaba otro de gravedad, hasta llegar a los umbrales de la puerta para oírle más cerca las consonancias; que la música instrumental de sala, tanto más tiene de dulzura y suavidad, cuanto menos de vocería y ruido, que como el juez que es el oído, está muy cerca, percibe mejor y mas atentamente las especies que envía al alma, formadas con el plauso de la media voz. El mozuelo dejó de venir cinco o seis noches, por no sé qué remedio que tomaba para curarse, y en las cosas que son muy ordinarias, en faltando, hacen mucha falta: y así mi ama cada noche preguntaba por él. Yo le respondí, más por cortesía que por falta que le hiciese: Señora, este mozuelo es oficial de un barbero, y como sirve no puede siempre estar desocupado: fuera de que ahora se está curando un poquillo de sarna que tiene. ¿Qué hacéis, dijo ella, de aniquilarle y disminuirle, mozuelo barbero? sarna, pues a fe que no falta quien con todas esas que vos le poneis, le quiera bien. Bien puede ser, dije yo, que el pobrecillo es humilde y fácil para lo que le quieren mandar; y cierto que muchas veces le guardo yo de mi ración un bocadillo que cene, porque no todas veces ha cenado. En verdad, dijo ella, que a tan buena obra os ayude yo: y de allí adelante siempre le tenía guardado un regalillo todas las noches que venía: una de las cuales entró quejándose, porque de una ventana le habían arrojado no sé qué desapacible a las narices: a las quejas suyas salió mi ama al corredor; y bajó al patio, estándose limpiando el mozuelo, y, con grande piedad le ayudó a limpiar, y sahumó con una pastilla, echando mil maldiciones a quien tal le había parado.


Vicente Espinel, Relaciones de la vida del escudero Marcos de Obregón, Madrid: Juan de la Cuesta, 1618.