domingo, 14 de junio de 2009

Una muestra de la Italia barroca

[12 de junio de 2009. Una fiesta barroca italiana. Dario Castello, Canzona decimosexta a cuatro para instrumentos de arco. Giovanni Legrenzi, Sonata en la menor para cuatro violines y bajo continuo. Tomaso Albinoni, Concierto en re menor para oboe, cuerdas y bajo continuo. Antonio Vivaldi, Concierto n. 8 en sol menor para violín, cuerdas y bajo continuo, RV. 322; Concierto en si bemol mayor para oboe, violín, cuerdas y bajo continuo, RV. 548; Concierto en re mayor para violín, cuerdas y bajo continuo, RV. 230; Francesco Geminiani, Concerto grosso n. 12 en re menor “La Follia” para cuerdas y bajo continuo. Orquesta Barroca de Sevilla. Molly Marsh, oboe solista. Enrico Onofri, violín solista y dirección. Salón de los Mosaicos del Alcázar de los Reyes Cristianos. 20:30 horas. Lleno]

Ahora que la banalización de la música grabada está propiciando un auge de los recitales en vivo y un acercamiento inusitado entre los intérpretes y su público, debería ser más frecuente lo que ocurrió el viernes en el Alcázar de los Reyes Cristianos. El reducido público que cabe sentado en el Salón de los Mosaicos del Alcázar (¡una suerte que estos conciertos de “Cajasol” se anuncien tan mal!) disfrutó y celebró una interpretación asombrosa de un programa amenísimo de música barroca italiana.
Los músicos de la Orquesta Barroca de Sevilla y, muy especialmente, la solista de oboe Molly Marsh abordaron el ramillete de delicias instrumentales en que consistía la velada con gran maestría. Y, sobre todo, con un enorme entusiasmo. El estado anímico que propiciaba ambas cualidades parecía basarse en buena medida en la no disimulada admiración que les causaba la personalidad musical del violinista que los dirigía y al que acompañaban: el famoso concertino de Il Giardino Armonico Enrico Onofri.
Onofri tocó y dirigió este repertorio de su especialidad con intensa pasión y con una expresividad tan elocuente que hacía parecer incuestionables los asombrosos alardes técnicos, los tempi desbordados, los tiernos rubati, las dinámicas de escalofrío que tan eficazmente realzaba la acústica de la sala.
Ordenadas cronológicamente, desde el manierismo de Dario Castello (h. 1590-h. 1658) hasta el barroco tardío de Geminiani (1687-1762), las siete obras que sonaron (tres de ellas del genial Antonio Vivaldi) supieron a poco, a poquísimo. Y es que lo que ocurrió el viernes en el Alcázar, lo que debiera ser más frecuente ahora que el pirateo y los ordenadores empujan a los músicos a dar la cara, fue que todos conseguimos eso tan hermoso para lo que sirve la música: la casi pérdida de la noción del tiempo en que consiste la felicidad.

[Publicado hoy en El Día de Córdoba]

Antonio Torralba


PD.: Mi amigo Antonio salió tan entusiasmado que pidió un autógrafo a los solistas.