domingo, 12 de julio de 2009

La música y el canto (Lucrecio)

De otro lado, el imitar con la bocina los claros sones de los pájaros fue mucho antes de que los hombres pudieran cantar a coro finas canciones y dar gusto a los oídos; también los silbidos del Céfiro a través de huecos de caña enseñaron primero a los campesinos a tañer huecos carrizos; luego, poco a poco, fueron aprendiendo los dulces lamentos que, pellizcada por dedos de músico, derrama la flauta, inventada por perdidos matorrales y bosques y sotos, en yermos y clara holganza de pastores.
Así cada cosa poco a poco el tiempo va poniendo al alcance y el cálculo la saca a las riberas de la luz. Estas cosas ablandaban sus corazores y les agradaban junto con el buen comer: que es entonces cuando todo al corazón llega; a menudo por eso tumbados en compañía sobre la blanda grama, junto a las aguas de un arroyo, bajo las ramas de un árbol crecido, sin muchos gastos daban regalo a sus cuerpos, sobre todo si sonreía el buen tiempo y la estación del año pintaba de flores el verde prado; solían venir entonces las bromas, la charla entonces, entonces las gozosas carcajadas: pues entonces la musa campesina florecía; entonces una alegría retozona aconsejaba coronar cabeza y hombros de guirnaldas trenzadas con flores y hojas, y sin compás salir a mover el cuerpo sin maña y con desmayado pie zapatear sobre la tierra madre; ello levantaba risas y gozosas carcajadas, pues todas estas cosas entonces por nuevas y raras tenían más realce. Y si luego se quedaban en vela, aliviaba su sueño hacer mil variaciones con la voz y modular tonadas, y sobre carrizos deslizar arqueado labio: por eso todavía hoy los centinelas cumplen tales tradiciones. Y los de aquella raza aprendieron a mantener el compás, y no creas que luego el monto de gusto que de ello se saca sea ni una migaja mayor que el que sacaba en los bosques la raza de los terrígenas.

Lucrecio, La naturaleza. Lib V, 1388 y ss. Trad. Francisco Socas

jueves, 9 de julio de 2009

La guitarra que trasciende

[7 de julio de 2009. Festival de la Guitarra de Córdoba. Antonio Vivaldi, Sonata RV. 46. Juan Sebastián Bach, Pastoral, Aria. François Couperin, Les silvains, Les barricades misterieuses, Les tours de passe passe. Francisco Tárrega, Paquito, Sueño, Las dos hermanitas, Alborada. Dionisio Aguado, Adagio et Polonaise. Steve Goss, El llanto de los sueños. Isaac Albéniz, Zambra granadina, Torre Bermeja. David Russell. Sala Orive. 21:30 horas. Lleno]

Comenzar un recital de guitarra con seis obras originalmente escritas para violonchelo y bajo continuo (la sonata de Vivaldi), órgano (la pastoral de Bach), orquesta de cuerda (el aria), o clavecín (las tres piezas de Couperin) y abordar dichas transcripciones partiendo directamente de las fuentes e intentando una fidelidad máxima a la música, dice mucho de la personalidad musical de David Russell (1953).
Ya desde la sonata de Vivaldi (la única pieza del recital que, si bien magníficamente tocada, no llegó al “cum laude” que merecieron todas y cada una de las demás) se mostraba esa característica de las transcripciones del escocés: nada de simplificaciones “idiomáticas”, nada de caminos fáciles: que toda la música entre en las seis cuerdas de la guitarra. Por eso, sus versiones de las encantadoras piezas de Couperin (uno de los momentos cumbre de la noche) no parten de las varias transcripciones antiguas y modernas para cuerda pulsada, sino de los originales para clave; y están realizadas desde esa filosofía apuntada más arriba: primero la música y después la música. Y David Russell no suele transcribir obras fáciles. Si repasamos su discografía, encontramos desde versiones de piezas para flauta sola (la célebre Partita de Bach) hasta orquestales, como el Aria de la Suite n. 3, obra inmortal de Bach que arrancó el martes uno de los aplausos más largos de la noche. Imagino que esta originalidad en el repertorio fue sentida como una agradable bocanada de aire fresco por los muchos músicos de guitarra que formaban el auditorio. Y aseguro que fue un regalo para el público no guitarrista. Pero había más; al menos, dos regalos más.
La guitarra es un instrumento con una personalidad enorme y su técnica parece generar toda una serie de clichés estilísticos que han ido retroalimentándose y dando lugar a una forma de tocar e incluso de escribir para ella. No es éste el sitio de discutir esos clichés, ese conjunto de “cualidades” y “defectos” muy marcados que solemos llamar “personalidad”. Lo que quiero destacar es que la técnica que exhibe Russell y el estilo que se asienta en ella parecen trascender el mundo de la guitarra, parecen provenir incluso de otros referentes: sus trémolos son y no son los trémolos habituales, su forma de insertar los armónicos con asombrosa naturalidad (sin ese “atención, que llegan los armónicos”), su fraseo al margen del mástil, sus trinos… son únicos. También los colores sutiles de los timbres, si bien éstos se vieron algo perjudicados por la desacertada idea de amplificar el instrumento. Con esta técnica generadora de estilo, también los autores más habituales en los conciertos de guitarra (Tárrega, Aguado…) sonaron de una manera absolutamente nueva.
Junto a las sorpresas del repertorio y el estilo interpretativo, brilló, como tercera cualidad del recital, el eficaz sentido del espectáculo que tiene Russell. También este aspecto nos ayudó a casi olvidar las incómodas sillas de la Sala Orive (otra cosa que habría que mejorar) y a sentir que vivíamos una velada inolvidable. El dominio de la escena se manifestó no sólo en la elección de las tres acertadas propinas, sino también en los bien dosificados comentarios, que incluyeron la lectura del poema de Lorca que sirve de inspiración a la obra más moderna del recital: El llanto de los sueños de Steve Goss (1964). “Negro/ aljibe de madera” escribe el poeta en ese poema lleno de llantos, suspiros y sollozos. Alto al tópico. El aljibe, ahora lo sé, puede también llenarse de luces y colores.

Antonio Torralba

[Publicado hoy en El Día de Córdoba]

miércoles, 8 de julio de 2009

Los Romero, familia de guitarristas

[6 de julio de 2009. Festival de la Guitarra de Córdoba. Tomás Bretón, Preludio de la Verbena de la Paloma. Joaquín Rodrigo, Tonadilla. Francisco Tárrega, Recuerdos de la Alhambra. Heitor Villa Lobos, Preludio n. 3. Luigi Boccherini, Fandango del Quinteto n. 4. J. Pachelbel, Canon y Giga. Sebastián de Iradier/Tárrega, La Paloma. Celedonio Romero, Fantasía cubana. Pepe Romero, De Cádiz a la Habana. Cuarteto Los Romero. Sala Orive. 21:30 horas. Lleno]

La sección clásica del Festival de la Guitarra de Córdoba regresó de nuevo el lunes a la Sala Orive para ofrecernos su quinta entrega. El cuarteto de guitarras formado por los hermanos Pepe y Celín Romero y por los primos Celino (hijo de Celín) y Lito (hijo de Ángel Romero, antiguo miembro de la formación) ofreció un variado y ameno recital muy aplaudido por los amantes de la guitarra que llenaban la sala. El programa consistió en cuatro obras para cuarteto (tres arregladas y una original), otras cuatro a solo (una por cada miembro de la formación) y un dúo.
Los arreglos para cuarteto fueron sobre obras de Tomás Bretón (éste realizado por el compositor cordobés Lorenzo Palomo), Pachelbel (sus célebres Canon y Giga sonaron en lugar de la obra de Francisco de Madina inicialmente programada) y Boccherini (el fandango del Quinteto n. 4). La obra original, la mejor interpretada a mi juicio de las de cuarteto, fue De Cádiz a la Habana de Pepe Romero, amenísima pieza llena de sugestivas referencias a los ritmos populares de los lugares a que alude el título.
El recital subió un escalón más en su calidad interpretativa con el dúo de Joaquín Rodrigo Tonadilla que tocaron magistralmente Pepe y Celino Romero. Tío y sobrino estuvieron a la altura de esta obra que también aportó en sus armonías la mayor modernidad de lenguaje de la noche.
Pero serían las obras a solo las que marcarían el culmen de la exhibición de buen hacer y calidad artística que ofreció esta familia de raíces malagueñas. Los cuatro guitarristas realizaron lecturas impecables e inspiradísimas de las obras de Tárrega (Recuerdos de la Alhambra y un arreglo de la habanera La Paloma de Iradier), Villa-Lobos (el hermoso Preludio n. 3) y Celedonio Romero (Fantasía Cubana), el padre y fundador de esta estirpe musical, de esta rama andaluza de la guitarra española que la Guerra Civil obligó a florecer y fructificar en California. Rasgos comunes de los cuatro intérpretes fueron el volumen (soberbios instrumentos acaso salidos del taller de Pepe Romero hijo), la limpieza, la versatilidad tímbrica, la musicalidad y la capacidad de matiz dinámico. A ellas, los dos mayores (Pepe y Celín) añadieron ese temple y esa seguridad en el fraseo que da la edad y la recurrencia: la familiaridad apasionada con el repertorio.
Como propina, Los Romero hicieron sonar otra pieza del padre y abuelo al que deben su destino artístico. Noche en Málaga, la primera obra que un recién enamorado Celedonio dedicara a su amada Angelita, llenó de emoción los últimos minutos de la velada. Tan viajera como su instrumento, la figura de aquel guitarrista de familia malagueña que nació en Cuba, estudió en España y vivió y murió (1996) en California, fue evocada con sencillas palabras por sus hijos y revivida durante los tres minutos que duró su inspirada obra. Nos hizo reflexionar sobre los límites de la geografía española.

Antonio Torralba


[Publicado hoy en El Día de Córdoba]

sábado, 4 de julio de 2009

Sonidos de las Américas

[2 de julio de 2009. Festival de la Guitarra de Córdoba. Carlos Guastavino, Las Presencias n. 6 “Jeromita Linares”. Miguel del Águila, Boliviana. Michael Daugherty, Bay of Pigs. Gabriela Lena Frank, Inca Dances. Astor Piazzolla, Tango sensations, Milonga del Ángel, Muerte del Ángel. Manuel Barrueco, guitarra. Cuarteto Latinoamericano. Sala Orive. 21:30 horas. Lleno.]

Magnífico concierto el que abrió el jueves la sección “Los clásicos” del Festival de la Guitarra de Córdoba. Lo fue no sólo por la absoluta genialidad interpretativa de su principal protagonista, el guitarrista cubano Manuel Barrueco, sino también por otros muchos atractivos del evento, tres de los cuales paso a comentar.
Siguiendo con el aspecto interpretativo, hay que destacar la maestría y versatilidad estilística del Cuarteto Latinoamericano. Cada uno de los miembros de esta veterana formación mejicana (los tres hermanos Bitrán y el violista Javier Montiel) aprovecharon individualmente las numerosas oportunidades que el repertorio les daba para exhibir sus extraordinarias dotes musicales, pero deleitaron sobre todo con lo que más seduce de los buenos cuartetos: la conjunción, la creación de un instrumento nuevo y más rico hecho de la suma de cuatro. A pesar del ruidito que hacía el aire acondicionado, la acústica de la Sala Orive (¡bienvenida a la vida musical cordobesa!) prestó su encanto a la sonoridad del quinteto, y fue sin duda otro aspecto que contribuyó a la magia de la velada. Es tan noble y ha sido restaurada con tanto acierto que habría que cuidar más la escenografía de cada evento (no quedaban bien, por ejemplo, los carteles del festival tras el escenario) para no restarle belleza.
El tercer aspecto que destacaré es quizás el principal: la música. Es difícil imaginar un programa más acertado: atractivo, con enjundia musical y lleno de obras de muy reciente composición. Empezando por estas últimas, me pareció especialmente brillante Boliviana del compositor uruguayo Miguel del Águila (1957), escrita expresamente para la formación y estrenada en abril de este mismo año. Sus tres tiempos (Volviendo a casa bajo la lluvia, Perdí mi camino en la oscuridad, Y el sol salió), aún siendo de muy moderno lenguaje, se escuchan con el mismo ingenuo placer con el que disfrutamos las descripciones de la naturaleza y sus efectos en las célebres Estaciones de Vivaldi. Y lo mismo, aunque en algo menor grado, podría decirse de las otras dos obras más actuales, firmadas por los estadounidenses Michael Daugherty (1954) y Gabriela Lena Frank (1972).
El resto del programa dio protagonismo a la música argentina: una obrita deliciosa de Carlos Guastavino (1912-2000) y tres (cuatro, contando el vibrante Libertango de la propina) de Astor Piazzolla (1921-1992). Guastavino escribió nueve retratos de personajes imaginarios que tituló Presencias. Siete son para piano, una para violín y piano y otra (la número 6, “Jeromita Linares”, con que empezó dulcemente la velada) para cuarteto de cuerda y guitarra. Piazzolla sonó en arreglos del bandoneísta César Olguín y del propio protagonista de la noche, Manuel Barrueco, que quiso mostrar su talento como suelen hacerlo los más grandes: mezclándolo sin alardes con el de sus amigos y poniéndolo al servicio del arte.



Antonio Torralba


[Publicado hoy en El Día de Córdoba]

viernes, 3 de julio de 2009

La pipa de Bach

La canción Pensamientos edificantes de un fumador de tabaco, BWV 515a fue quizás compuesta o sólo arreglada por Bach. José Joaquín Herrera V., del "Círculo de la Pipa" hace un interesante y divertido comentario de esta pieza. No os lo perdáis. Es altamente especulativo... pero, ¿acaso vamos a dudar de aquel verso de Mallarmé?

Todo Pensamiento emite un Tirar de Dados
Toute Pensée emet un Coup de Dés




Klaus Mertens, barítono
Ton Koopman, clavecín

Sooft ich meine Tobackspfeife,
Mit gutem Knaster angefüllt,
Zur Lust und Zeitvertreib ergreife,
So gibt sie mir ein Trauerbild -
Und füget diese Lehre bei,
Dass ich derselben ähnlich sei.

Die Pfeife pflegt man nicht zu färben,
Sie bleibet weiß. Also der Schluss,
Dass ich auch dermaleinst im Sterben
Dem Leibe nach erblassen muss.
Im Grabe wird der Körper auch
So schwarz wie sie nach langem Brauch.

Ich kann bei so gestalten Sachen
Mir bei dem Toback jederzeit
Erbauliche Gedanken machen.
Drum schmauch ich voll Zufriedenheit
Zu Land, zu Wasser und zu Haus
Mein Pfeifchen stets in Andacht aus.

miércoles, 1 de julio de 2009

Analgésico de Juan Sebastián Bach




Höchster, mache deine Güte
Ferner alle Morgen neu.
So soll vor die Vatertreu
Auch ein dankbares Gemüte
Durch ein frommes Leben weisen,
Dass wir deine Kinder heißen.

Omnipotente, derrama tus favores
sobre nosotros cada día.
Que tu paternal afecto
sirva de guía a nuestras almas
en el camino recto,
y merezcamos llamarnos hijos tuyos.

"Bárbara belleza" (Telemann)

"[Trabé conocimiento] con la música polonesa y hanake, en toda su verdadera y bárbara belleza. Era ejecutada, en algunas hosterías, por cuatro instrumentos: un violín muy agudo, una gaita polonesa, un Quint-Posaune (trombón bajo) y un Regal (órgano pequeño). En los círculos más importantes no había regal; pero los otros instrumentos estaban reforzados. He escuchado hasta treinta y seis gaitas y ocho violines juntos. Es increíble qué fantasías extraordinarias no inventan los tocadores de cornamusa o de violín cuando improvisan mientras los danzantes descansan. Quienquiera que tomase anotaciones podría en ocho días, hacer provisión de ideas para toda su vida entera. En una palabra, hay mucho de bueno en esa música, si uno sabe servirse de ella... En este estilo he escrito grandes conciertos y tríos, que he vestido luego a la italiana, haciendo alternar Adagio y Allegro"

(fragmento de una Autobiografía de Telemann, citado por Romain Rolland en Viaje musical al país del pasado, Ricordi americana, Buenos Aires, 1919. p. 97)


Cuarto movimiento (Presto) del Concierto para flauta dulce, flauta travesera, cuerda y continuo en mi menor TWV 52:e1 de Telemann

Jean-Marc Goujon, traverso
Luis Beduschi, flauta dulce
Ensemble Matheus,
dirigido por Jean-Christophe Spinosi


sábado, 20 de junio de 2009

Un réquiem humanista

[18 de junio de 2009. Concierto de Clausura de Temporada. Johannes Brahms, Un réquiem alemán op. 45. Christina Giannakopoulo, soprano. Juan Tomás Martínez, barítono. Coro Sinfónico de Córdoba (Coro de Ópera Cajasur -Dir.: Diego González Ávila- y Coro Ziryab –Dir.: Javier Sáenz-López Buñuel-). Orquesta de Córdoba. Manuel Hernández Silva, dirección. Gran Teatro de Córdoba. 20:30 horas. Lleno]

Un réquiem alemán op. 45 de Johannes Brahms (1833-1897) no es una misa de difuntos, sino una especie de monumental cantata fúnebre en la que el autor medita sobre la vida y la muerte a través de una selección de frases y textos de la Biblia alemana de Lutero. Como este dato esencial pudiera no ser conocido por la totalidad del público, hubiera estado bien incluir al menos el título de los siete movimientos de la obra en el programa de mano, ya que quizás la premura con que hubo de realizarse una nueva edición del mismo (por la sustitución de la soprano inicialmente anunciada) dejó acaso fuera las habituales e interesantes notas de Juan Miguel Moreno. Al margen de esta circunstancia, y pensando en futuras obras de este tipo, sugeriría la proyección del texto en la parte superior del escenario como se hace a veces en las óperas.
El seguimiento en tiempo real del texto hubiera ayudado a la comprensión por parte de los oyentes de las recurrencias musicales que jalonan una obra cuya unidad estructural es uno de sus aspectos más cautivadores. También hubiera aumentado la admiración que produjo en los asistentes la dirección de Hernández Silva, que fue estupenda, alcanzando especiales cotas de maestría y emoción en el complejo sexto tiempo (“Pues no tenemos en la tierra una morada permanente”), donde brilló igualmente el barítono Juan Tomás Martínez, de voz potente y musical.
El Coro Sinfónico de Córdoba (suma de dos de los mejores de la ciudad: el Ziryab y el Cajasur) estuvo muy bien a partir del segundo número y demostró solvencia y buen gusto en esta obra tan difícil para la cuerda de sopranos sobre todo. Me pareció espectacular la forma en que (a la par que la Orquesta, que también comenzó titubeante) fue creciéndose a lo largo de la casi hora y media que duró la velada alcanzando momentos sublimes.
Dos fueron los acontecimientos que impulsaron a Brahms a componer su réquiem: el fallecimiento en el verano de 1856 de su amigo Robert Schumann y, muy especialmente, la muerte de su propia madre en febrero de 1865. El quinto número (el último en ser completado) contiene la música más conmovedora de esta obra sobre el consuelo y la esperanza. La soprano solista (correcta interpretación de Chistina Giannakopoulou) canta palabras de San Juan: “Ahora estáis afligidos; pero yo os volveré a ver, vuestro corazón se regocijará y nada podrá privaros de vuestro gozo”. Primero, en diálogo con las maderas. Luego, sobre el arrullo del coro que entona sotto voce las palabras más hermosas que puede oír un ser humano: “Os consolaré, como una madre consuela a su hijo”. Es lo que buscamos en el arte, lo que nos ha dado nuestra orquesta esta temporada y lo que nos promete para la próxima.

Antonio Torralba


viernes, 19 de junio de 2009

"Querido Sancho"

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobre todo, la disposición para hacer el bien y combatir la injusticia donde quiera que estén.

[Cervantes, Don Quijote]

Esta cita, de la que Google arroja cerca de medio millón de ocurrencias, aparece (a veces así y otras seguida de fragmentos reales) en los más variopintos lugares de la red. La cogen desde los marxistas para defender a Fidel hasta los obispos para atacar a Zapatero. Páginas de psicología, sociología, literatura... Sí, también páginas de literatura, librerías... Y hasta páginas sobre Cervantes. Así es la red.
Por cierto, imagino que esto ya estará desenmascarado por algún lado (como lo de Borges y García Márquez), aunque yo no he visto ni un sólo "desmentido" de esa mierdecilla, que seguramente llevará ya tiempo circulando.
Puestos a imaginar, podemos seguir así:

—Señor, ¿quién es este hombre que tal talle tiene y de tal manera habla?
—¿Quién ha de ser —respondió el barbero—, sino el famoso don Quijote de la Mancha, desfacedor de agravios, enderezador de tuertos, el amparo de las doncellas, el asombro de los gigantes y el vencedor de las batallas?
—Eso me semeja —respondió el cabrero—, a lo que se lee en los libros de autoayuda, puesto que para mí tengo, o que vuestra merced se burla, o que este gentil hombre debe de tener vacíos los aposentos de la cabeza.
—Sois un grandísimo bellaco —dijo a esta sazón don Quijote—, y vos sois el vacío y el menguado; que yo estoy más lleno que jamás lo estuvo la muy hideputa puta que os parió. Pero jamás salieron de mi boca bellaquerías tales... ni a mi escudero llamé nunca "querido" como queriéndole ensartar per angostam viam.

lunes, 15 de junio de 2009

Shakespeare mirando a una dama tocar




CXXVIII

How oft when thou, my music, music play'st,
Upon that blessed wood whose motion sounds
With thy sweet fingers when thou gently sway'st
The wiry concord that mine ear confounds,
Do I envy those jacks that nimble leap,
To kiss the tender inward of thy hand,
Whilst my poor lips which should that harvest reap,
At the wood's boldness by thee blushing stand!
To be so tickled, they would change their state
And situation with those dancing chips,
O'er whom thy fingers walk with gentle gait,
Making dead wood more bless'd than living lips.
Since saucy jacks so happy are in this,
Give them thy fingers, me thy lips to kiss.


Cuántas veces si música ejecutas
sobre el dichoso leño que resuena
y trazas con tus dedos suaves rutas
-la armonía cordal que me encadena-
envidio la ágil tecla que rebota
para besar la palma de tu mano
mientras mis labios gustan la derrota
corridos de un descaro soberano.
Por tal roce cambiar quieren su estado
y situación con la danzante astilla
que pulsas con tu dedo delicado
pues darle vida a un leño es maravilla.
Si la insolente goza de embelesos
dale tus dedos, pero a mí tus besos.

[Versión de Miguel Ángel Montezanti]

Volveremos sobre este soneto.

domingo, 14 de junio de 2009

Una muestra de la Italia barroca

[12 de junio de 2009. Una fiesta barroca italiana. Dario Castello, Canzona decimosexta a cuatro para instrumentos de arco. Giovanni Legrenzi, Sonata en la menor para cuatro violines y bajo continuo. Tomaso Albinoni, Concierto en re menor para oboe, cuerdas y bajo continuo. Antonio Vivaldi, Concierto n. 8 en sol menor para violín, cuerdas y bajo continuo, RV. 322; Concierto en si bemol mayor para oboe, violín, cuerdas y bajo continuo, RV. 548; Concierto en re mayor para violín, cuerdas y bajo continuo, RV. 230; Francesco Geminiani, Concerto grosso n. 12 en re menor “La Follia” para cuerdas y bajo continuo. Orquesta Barroca de Sevilla. Molly Marsh, oboe solista. Enrico Onofri, violín solista y dirección. Salón de los Mosaicos del Alcázar de los Reyes Cristianos. 20:30 horas. Lleno]

Ahora que la banalización de la música grabada está propiciando un auge de los recitales en vivo y un acercamiento inusitado entre los intérpretes y su público, debería ser más frecuente lo que ocurrió el viernes en el Alcázar de los Reyes Cristianos. El reducido público que cabe sentado en el Salón de los Mosaicos del Alcázar (¡una suerte que estos conciertos de “Cajasol” se anuncien tan mal!) disfrutó y celebró una interpretación asombrosa de un programa amenísimo de música barroca italiana.
Los músicos de la Orquesta Barroca de Sevilla y, muy especialmente, la solista de oboe Molly Marsh abordaron el ramillete de delicias instrumentales en que consistía la velada con gran maestría. Y, sobre todo, con un enorme entusiasmo. El estado anímico que propiciaba ambas cualidades parecía basarse en buena medida en la no disimulada admiración que les causaba la personalidad musical del violinista que los dirigía y al que acompañaban: el famoso concertino de Il Giardino Armonico Enrico Onofri.
Onofri tocó y dirigió este repertorio de su especialidad con intensa pasión y con una expresividad tan elocuente que hacía parecer incuestionables los asombrosos alardes técnicos, los tempi desbordados, los tiernos rubati, las dinámicas de escalofrío que tan eficazmente realzaba la acústica de la sala.
Ordenadas cronológicamente, desde el manierismo de Dario Castello (h. 1590-h. 1658) hasta el barroco tardío de Geminiani (1687-1762), las siete obras que sonaron (tres de ellas del genial Antonio Vivaldi) supieron a poco, a poquísimo. Y es que lo que ocurrió el viernes en el Alcázar, lo que debiera ser más frecuente ahora que el pirateo y los ordenadores empujan a los músicos a dar la cara, fue que todos conseguimos eso tan hermoso para lo que sirve la música: la casi pérdida de la noción del tiempo en que consiste la felicidad.

[Publicado hoy en El Día de Córdoba]

Antonio Torralba


PD.: Mi amigo Antonio salió tan entusiasmado que pidió un autógrafo a los solistas.





miércoles, 10 de junio de 2009

Normalización lingüística

“Morderse la lengua” es el acto de guardarse, en el último momento y por prudencia generalmente, lo que se estaba a punto de decir.
También significa algo mucho menos frecuente: darse un bocado involuntariamente en ella. Eso le pasó a mi amigo Miguel hace unos días. Se dio un bocado comiendo (“estaba masticando la última patata frita"). No era la primera vez que le pasaba (“no hace mucho tiempo ya me di otro que me hizo sangrar abundantemente durante un buen rato”), así que sabía que debía ponerse un algodón y tumbarse. Se fue con su mujer a dormir la siesta. Al despertar, una hora después, tenía la boca llena de coágulos de sangre. Algodón empapado, gotas en el colchón… Aquello seguía. “La tarde fue transcurriendo como en el cuento ese de García Márquez en que una novia se pincha con la espina de una rosa y se va desangrando durante el viaje... ”. A eso de las nueve no tuvieron más remedio que ir a urgencias. Mientras esperaba que lo atendieran, fue “llenando una bolsa de plástico con los algodones empapados que había tenido la precaución de llevar”. Cuando por fin lo atendieron, alarmados por la cantidad de sangre que había perdido por la herida en tan poco rato, le “pusieron adrenalina directamente en la lengua, pero nada de nada”. Entonces apareció un médico quizás venezolano (“por su acento”) que, a la petición de ayuda del médico anterior (“¿qué hacemos?”), dijo que “una bolsita de té”. Sería un remedio maquiritare o algo así. Ante el nuevo fracaso del intento sebucán, el doctor … Nick Riviera vamos a suponer, optó por enviarlo urgentemente al Gran Hospital de la City para que lo atendiera un maxilofacial. Curiosamente, durante la espera de rigor, la hemorragia pareció detenerse (“¿sería efecto del remedio guaribe?”). Miguel se puso muy contento porque pensaba que podría largarse. Cuando se disponía a firmar para ser libre, la lengua comenzó de nuevo a sangrar (“los remedios wenaiwikas no funcionan al cien por cien”). Ya nadie lo libraría de ser intervenido, eufemismo éste del hombre blanco que Miguel traduce y resume así: “la cosa fue que me cosieron la lengua sin anestesia”. Casi pierde el conocimiento (“me sacaron de aquella tortura en camilla, a punto de perder el conocimiento”). Si lo hubiera perdido del todo, se hubiera librado de esas otras gracias que suelen acompañar las urgencias. “Permanecí una hora y media tumbado hasta que me fui recuperando poco a poco. A todo esto, se oían continuamente, por aquí y por allá, gritos desgarradores de personas que estaban siendo interrogadas por su pertenencia al género humano. Por cierto, que al único que de verdad merecía ser detenido sólo le cayó una amonestación de los guardias de seguridad, cuando comenzó a golpear violentamente una papelera exigiendo ser atendido inmediatamente porque tenía, decía él, tres costillas rotas. Cuando vio aparecer a los de seguridad dijo: ya están aquí los hombres de Paco." Y por eso, más por la que llevaba armada, fue por lo que le cayó la bronca. Por no morderse la lengua.
Moraleja: la lengua tiene vida propia y te la juega.

viernes, 5 de junio de 2009

Siglo de nostalgias

[3 de junio de 2009. Undécimo concierto de abono. Robert Schumann, Obertura “Genoveva” op. 81. Antonin Dvorak, Concierto para violonchelo y orquesta op. 104. Felix Mendelssohn, Sinfonía n. 4 en la mayor op. 90 “Italiana”. Orquesta de Córdoba. Antonio Meneses, violonchelo. Manuel Hernández Silva, dirección. Gran Teatro de Córdoba. 20:30 horas. ¾ de entrada. ]

Casi toda la música del siglo XIX surge de la nostalgia. El deseo de regresar (nostos) a tiempos, personas o lugares que se sienten como propios, y el dolor (algia) que ello produce, parecen conformar la situación emocional desde la que crean los compositores decimonónicos, aún cuando traten de evocar otros sentimientos característicos de la época, como el amor, el dolor, la furia, la piedad religiosa, el elemento mágico o el gusto por el exotismo. Todos esos ingredientes puso Robert Schumann (1810-1856) en su ópera de tema medieval sobre Genoveva de Brabante, heroína de leyenda a punto de ser mal muerta por los injustificados celos de su esposo. Con la obertura de esta obra comenzó la velada musical del miércoles.
La pieza condensa en su brevedad buena parte de los estados psicológicos que desarrolla la ópera. Una atmósfera de sombra y motivos de lamento en los violines conducen a la exposición de un primer tema inquieto y apasionado de la cuerda. Después suena en las trompas un bonito pasaje, como de caza, que es continuado por los oboes y las flautas… La pieza, cuya interpretación por parte de nuestra orquesta fue mejorando a partir del desarrollo, resultó una introducción idónea al monumental concierto de chelo que completaba la primera parte.
La célebre obra de Antonin Dvorak (1841-1904), muy bien interpretada por el solista invitado, el chelista brasileño Antonio Meneses, fue compuesta durante la estancia en los Estados Unidos del compositor. A pesar de ello, y a diferencia de otras obras de esa etapa, no contiene elementos folclóricos americanos, sino más bien bohemios, lo que se ha visto a menudo como expresión del deseo de Dvorak de retornar a la patria. A su regreso, otra nostalgia vendría a sumarse a las expresadas por este concierto, rico en citas y evocaciones: la de su cuñada Josefina, de la que había estado enamorado en su juventud. Tras su muerte, a finales de mayo de 1895, Dvorak decide insertar en el centro del segundo movimiento (y evocarlo rápidamente también al final) un tema extraído de su lied Lasst mich allein in meinen Traümen gehn (op. 82) que era la canción preferida de Josefina.
La segunda parte consistió en una brillante lectura (la mejor de la noche, a mi juicio) de una de las obras más encantadoras del repertorio sinfónico. Hernández Silva y sus músicos hicieron sonar con magnificencia ese canto a la fascinación por el Sur en que consiste la cuarta de las grandes sinfonías de Félix Mendelssohn (1809-1847). Evocaciones del color, el calor y el bullicio (primer movimiento); de las teatrales procesiones (segundo), de bailes exuberantes (cuarto) llenan esta sinfonía que su autor consideraba como "la más alegre que haya compuesto nunca". Abierta la espita de recuerdos, nostalgias y evocaciones, el tercer tiempo, un minueto delicado y elegante, pareció traernos a la mente en la interpretación de la Orquesta de Córdoba otra preciosa obra de Mendelssohn, cuyo hermoso título retrata igualmente el espíritu de esta sinfonía: Sueño de una noche de verano.


Antonio Torralba

[Publicado hoy en El Día de Córdoba]