miércoles, 6 de febrero de 2008

Una escena de novela suprimida al comienzo de Todas las mañanas del mundo

Una escena de novela suprimida al comienzo de
Todas las mañanas del mundo

— ¡Señor de Saint-Colombe, aguardad un instante antes de interpretar vuestro fragmento!
El señor Vauquelin recobró con dificultad el aliento. Estaba tumbado en su cama. Agonizaba. Apoyaba la espalda y la cabeza sobre dos grandes almohadones. Estaba pálido.
— Esperad, ya que estoy tratando de evocar en mi memoria la vida que he pretendido llevar en este mundo.
El anciano, haciendo un esfuerzo, logró recuperar el aliento y añadió:
— Señores, tomad un poco de este vino que os van a servir. Entretanto voy a repasar mis días.
El criado acercó un bucarito con vino de Puisey.
El músico, el criado, el barbero, el notario miraban con embarazo al señor de Vauquelin que mantenía cerrados los ojos. Todos bebieron.
Esperaron.
Un poco después, dirigiéndose al criado en voz muy baja, el señor Vauquelin dijo:
— Ahora siento el deseo, antes de morir, de volver a ver el lugar del que nací. Pedid que venga Annette.
El criado abandonó la habitación.
El señor Vauquelin se volvió hacia el barbero:
— Señor barbero, ya no es útil que os demoréis en mi hogar.
El barbero salió de la habitación.
Entonces el señor Vauquelin dijo al notario:
— Señor notario, tened la amabilidad de correr la cortina de la ventana.
Sin levantarse de su asiento, el notario dijo:
— Es inútil, la noche ya está aquí, señor. No se ve nada.
— No lo creo.
— Sí.
— No, señor. O entonces es que no creo que la noche se refiera a eso que vos decís. Pero poco importan las palabras que uséis: sólo os pido que descorráis las cortinas sobre eso que llamáis noche.
El notario, como no quería herir a un hombre al que quedaba poco en este mundo, apartó la cortina dejando ver los débiles astros que se veían sobre el valle del Sena.
Aún estaba incorporado observando la oscuridad de la noche cuando Annette penetró en la cámara. Llevaba su gran delantal blanquísimo y almidonado.
El señor Vauquelin le hizo una señal para que se acercara. Ella se acercó hasta la cama. Él le habló al oído. Annette enrojeció violentamente. El anciano temblaba.
Annette miró alternativamente al músico y al notario que permanecían aún en la habitación. No se inmutaron. Miró al señor Vauquelin, que inclinó la cabeza en señal de aprobación.
Entonces la joven sirviente retrocedió en la sombra de la habitación, desató su delantal y lo colocó sobre una silla.
En falda, subió de un salto a la cama.
Agarrándose a los largueros, se echó hacia delante abriendo ligeramente las piernas; después las flexionó a la vez que se levantaba la falda hasta el vientre por encima de la cabeza del señor Vauquelin.
— Acercaos aún más a mi rostro, pidió el señor Vauquelin con una energía totalmente nueva.
Ella flexionó aún más las rodillas, manteniéndose agarrada con una mano al balaustre.
— ¡Más cerca! ¡Más cerca! repetía él.
Se oyeron ruidos confusos.
Añadió:
— ¡Qué cálido, húmedo, vivo, fragrante, dulce! ¡Así era, entonces, mi primera casa! ¡Cuánto te he amado!
Después rechazó a Annette tomando sus rodillas con las manos y apartándolas de su rostro. Le dijo:
— Ahora, Annette, puedes bajarte la falda y salir.
La cabeza del señor Vauqelin se había vuelto roja. Ya no lograba hablar ni respirar de forma regular. Se volvió hacia el músico y resopló:
— No sé lo que se encuentra tan cerca de mí cuando sufro. ¿Lo sabéis vos quizás?
Pero el señor de Saint-Colombe pensaba en su esposa que lo esperaba desde hacía dos días, lejos de allí, en su casa que daba sobre el Bièvre. No dijo nada.
La pequeña sierva salió de la habitación. Sollozaba ruidosamente.
El notario la siguió y los abandonó.
El violista y el poeta quedaron solos.
El señor Vauquelin se mantuvo callado largo tiempo.
Más tarde masculló lentamente:
— Ahora podéis disponeros a tocar, señor de Saint-Colombe. Pues creo que hemos llegado al instante de decir el adiós.

Pascal Quignard, Les Paradisiaques, 2005 (pp. 12-15)
(trad.: Antonio Torralba)